¿Quién no ha sucumbido en fechas navideñas o fuera de ellas a la tentación de proponerse cambios de conducta o nuevos comportamientos que, desde hace cierto tiempo, nos rondan la cabeza como una lista de temas pendientes? Hoy quiero dedicar unas líneas a los magníficos propósitos de Año Nuevo o similares y al auto-sabotaje a la hora de conseguirlos.

La cuestión es que, independientemente de lo bien intencionados que sean esos propósitos, a veces, no sabemos muy bien porqué, nuestras promesas acaban esfumándose, dejándonos la amarga sensación de que, una vez más, no hemos sido capaces de cumplir lo que nos habíamos propuesto. Nos confunde la falta de palabra, nuestra indisciplina, nuestra falta de voluntad y finalmente, la culpa puede hacer acto de presencia.

Fredy Kofman en su tercer volumen de Metamanagement ofrece una explicación que va más allá de esa capa superficial y que nos anima a analizar los motivos ocultos por los que inconscientemente nos saboteamos en esos propósitos de cambio.

De cosecha propia, parto de la base de que el cambio y la innovación no son en general santo de ninguna devoción. Una cosa es que los discursos oficiales animen en esa dirección y hagan recaer en la innovación la salida de la crisis y, otra muy distinta, que a las personas nos apasione cambiar. En términos generales, tenemos una de especie de “sistema inmunológico” creado precisamente para preservar nuestras ideas en busca de coherencia.

A través de nuestra educación, nuestras experiencias vitales, nuestros modelos familiares y sociales y un larguísimo etcétera hemos creado nuestro modelo mental que no es, ni más ni menos, que las gafas invisibles que llevamos puestas continuamente y a través de las cuales sesgamos lo que podríamos denominar realidad. Nuestro modelo mental se compone precisamente de aquellos paradigmas que nos han resultado útiles y por eso es muy difícil atreverse a testarlos o a ponerlos en duda. Normalmente asumimos que lo que pensamos es la realidad objetiva y que tenemos “la” razón. Es más, hay personas que están tan identificadas con sus ideas, que cualquier oposición a las mismas, duele como si fuera una ofensa personal. Sin embargo, lo peor no es la subjetividad, sino el no ser consciente de ella.

Independientemente de esta disquisición sobre lo difícil de atreverse a cambiar, Kofman menciona que si no hay movimiento es porque dos fuerzas antagónicas se están oponiendo. Es decir, que si yo no consigo cumplir mi propósito, es porque dentro de mí existe una fuerza de igual intensidad, pero en sentido contrario, que está impidiendo que el cambio se produzca.

De igual manera que los cambios que nos proponemos se basan en nuestros valores, las fuerzas que los oponen también obedecen a valores nuestros. Lo que ocurre es que no somos conscientes de ellos en general.

Voy a poner un ejemplo para aclararlo. Imaginemos que uno de mis propósitos es no ser participe en forma pasiva de críticas que se hagan a terceras personas que no estén presentes. Pongamos que hasta ahora he escuchado críticas contra otras personas ausentes y que, aunque no los he alentado, simplemente he escuchado y asentido, por lo que me siento cómplice de ello. Imaginemos que mi propósito consiste en no sucumbir a este círculo vicioso y transmitir con amabilidad a la persona que critica que me incomoda escuchar este tipo de comentarios, sin que la otra persona pueda defenderse o argumentar su opinión al respecto.

¿Por qué, a pesar de mi sincero interés, una y otra vez me veo atrapada en esa red de escucha pasiva? Quizá si analizo, como Kofman propone, la fuerza que está tirando en sentido contrario, me daría cuenta de que temo que me consideren poco cercana, mala compañera o amiga. Mis contravalores en juego son la amistad, la ayuda, la solidaridad…. Una capa más debajo de todo esto, se esconde finalmente el temor humano a que dejen de apreciarme.

Poniendo las cartas sobre la mesa, es fácil darse cuenta del dilema y del juego que he creado y que, por otro lado, es totalmente racional. A partir de ahí, el primer paso es honrar esas conductas que nos han protegido y diseñar pequeños experimentos “con red”, que nos permitan testar un nuevo escenario sin grandes peligros. A medida que vayamos avanzando en esos pequeños retos, siempre conscientes de las fuerzas internas que tiran en distintas direcciones, estaremos en posición de atrevernos a dar pasos más grandes.

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La próxima Navidad, antes de lanzarte a promesas que pueden hacerse tan efímeras como las guirnaldas del árbol de Navidad, pregúntate por qué otras veces no lo has conseguido. Todo lo que hacemos, lo hacemos por una razón. ¡Escúchate!

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