Hace unos meses Julen Basagoiti se puso en contacto conmigo para invitarme a formar parte del proyecto de la Escuela de Inteligencia Directiva que lanza en estas fechas.

He aceptado su invitación con muchísima ilusión. ¿Sabes por qué? Por un lado, porque Julen cree en este proyecto, siente pasión por él y la contagia. Por otro, porque en cuanto me ofreció colaborar en esta preciosa y retadora iniciativa de Inteligencia Directiva, inmediatamente visualicé que mi aportación fundamental podía venir de la gestión de equipos. No desde una perspectiva planificadora y denominada de recursos humanos, sino desde un punto de vista humano y, por consiguiente, emocional.

Hay muchos mensajes que Julen y yo compartimos en relación con la gestión de equipos, pero sin duda estamos alineados en cuanto a que gestionar personas tiene unas variables distintivas. Actualmente, estas variables resultan imprescindibles para lograr equipos profesionales, eficientes, emocionalmente inteligentes, e incluso me atrevería a decir, felices o, por lo menos, con un alto grado de satisfacción con su trabajo. Las personas poseemos cuerpo y mente y somos capaces de albergar pensamientos y emociones. Tenemos voluntad, espíritu. Nadie se involucrará con pasión en un proyecto si no lo hace por motivación interna y desde su libertad individual. La pasión es inexpugnable a quien trate de construirla a través de todo tipo de refuerzos e incentivos y de castigos o penalizaciones. No se puede construir la pasión a golpe de talonario.

¿Por qué un equipo compuesto por personas inteligentes, con grandes habilidades, sólo consigue resultados mediocres, llegando incluso a poner en peligro su supervivencia y, sin embargo, otros equipos formados por personas más cercanas a la media en cualidades, son capaces de alcanzar resultados espectaculares? ¿Hay alguna razón oculta para que comportamientos individuales coherentes y racionales puedan generar conductas incoherentes e ilógicas en un equipo?

A veces, la suma de inteligencias personales puede dar como resultado una imbecilidad supina a nivel colectivo. Dilbert (personaje de una tira satírica que se desarrolla en un contexto de oficina) decía que para calcular el coeficiente intelectual de un equipo, es necesario empezar por el participante con el CI más bajo y restarle 10 puntos por cada miembro del grupo.

A esto hay que sumarle las posiciones mejorables en rankings de productividad y calidad directiva y los limitados resultados que se obtienen en comparación con las horas de “presencialismo” en el trabajo. Igualmente, las repercusiones vinculadas con el estrés, la ansiedad, la desmotivación, la depresión y un largo etcétera que acaban desembocando en enfermedades emocionales y en absentismo laboral, nos llevarán seguramente a la conclusión de la importancia de gestionar adecuadamente a las personas y a los equipos.

Existe una ingente literatura sobre gestión de equipos, motivación en las organizaciones y temáticas similares que tienen que ver con el aprovechamiento del potencial de las personas dentro de las empresas.

El management o gestión empresarial nació con la preocupación de que las personas utilicen sus recursos de la forma más efectiva posible. Lo que ocurre es que parte de los recursos que tenemos a nuestro alcance son las otras personas. En las organizaciones actuales, no nos tenemos que ocupar solo de la administración de cosas materiales o inertes, sino de coordinar y aprovechar el talento y la potencialidad de las personas.

Las personas, aunque resulte triste recordarlo, no son cosas. Por eso, el reto de las organizaciones actuales es el de gestionar profesionalmente equipos desde la perspectiva de su tarea, pero con igual importancia en su variable humana y emocional.

Por un lado, el propósito compartido, el objetivo común o la tarea es la argamasa del equipo, lo que da sentido a su existencia. Se trata de un elemento clave, porque sin él, no existe equipo. Es la razón por la que las personas trabajan juntas, lo que les dota de sentido. Hay que recordar que la mayor parte de los retos conseguidos por la humanidad no hubieran sido posibles sin el trabajo y el esfuerzo compartido de equipos.

Por otro lado, las organizaciones y empresas funcionan y se comportan como organismos vivos. Tienen su propia emocionalidad. Los equipos que tienen éxito son, curiosamente, muy humanos. Reconocen sus imperfecciones y carencias a nivel global e individual y se apoyan en ellas para construir juntos/as algo más grande que lo que su individualidad les permitiría. Es necesario, por lo tanto, tomar conciencia y gestionar las emociones y los estados de ánimo en un equipo si queremos lograr eficacia, resultados, pero también personas motivadas, satisfechas y felices.

Estamos hablando, como veis, de algo que va mucho más allá de la productividad. Es casi una filosofía de vida. Se trata de reconocer al otro como un tú: con derechos, necesidades y deseos tan legítimos como los propios. Las personas son responsables y protagonistas de su vida. El trabajo y el desarrollo profesional y personal deben ser una vía para canalizar nuestro potencial intrínseco, no una fuente de alienación.

Por eso, ocuparse de las personas por su valor incondicional y como clave de éxito de cualquier empresa u organización, ya no es un lujo prescindible. Es una absoluta necesidad para afrontar los retos a futuro. Es un nuevo paradigma. Es una auténtica necesidad social y democrática al servicio de las personas.

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Para finalizar, me gustaría agradecer a Julen su confianza al invitarme a participar en este proyecto.

Y a ti, te invito a compartir reflexiones conmigo y con otras personas expertas sobre este y otros muchos temas en la Escuela de Inteligencia Directiva.

¡Buena lectura! On egin!

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