Tras la respuesta arrolladora a la convocatoria del 8 de marzo del pasado año, nos encontramos en vísperas de una nueva movilización social en relación con la igualdad de género.

Aunque algunos acontecimientos recientes me hacen dudar al respecto, me gustaría pensar que el discurso de la igualdad está calando imparable en la sociedad.

Sin embargo, 365 días han pasado y, a pesar de que soy tendente al optimismo, no se han producido cambios disruptivos y notorios en nuestro modelo social. La igualdad sigue siendo un espejismo. Por ejemplo:

  • Las ayudas, reducciones de jornadas y excedencias laborales para el cuidado de personas dependientes están en abrumadora mayoría solicitadas por mujeres.
  • La dedicación semanal a las labores domésticas es superior por parte de las mujeres que de los hombres.
  • Los Consejos de Administración son mayoritariamente masculinos y los puestos de responsabilidad y decisión de las empresas siguen ocupados de manera arrolladora por hombres
  • La brecha salarial que retribuye menos a las mujeres por el mismo trabajo es un dato real y objetivo.
  • La precariedad y la temporalidad laboral afectan fundamentalmente a las mujeres.
  • Los ámbitos laborales más precarios están cubiertos en su mayoría por mujeres y el ejemplo más representativo es el del trabajo doméstico, la limpieza y los sectores de cuidados y asistenciales.
  • Las mujeres acceden en mayor medida a los estudios superiores y a los doctorados, pero siguen optando por estudios y carreras profesionales en sectores vinculados con las humanidades, las letras, la rama bio-sanitaria, etc. y, sin embargo, asistimos a una infra-representación de las mujeres en carreras tecnológicas y de ciencias.
  • En opinión de personas expertas en la materia, se está produciendo un retroceso en cuando a las relaciones entre los sexos en la adolescencia, asistiendo a modelos de control y censura que recuerdan épocas pretéritas y que se nos hacen insostenibles en pleno siglo XXI.
  • No acaba aquí el listado, pero, si hay algo que me indigna y avergüenza especialmente es vivir en una sociedad en la que parece que somos incapaces de erradicar todas las formas de abuso, discriminación y violencia contra las mujeres.

¿Por qué como sociedad somos incapaces de acabar con esta lacra? ¿Qué obstáculos son los que realmente impiden dar una respuesta rotunda a esta cuestión que forma parte de la justicia social? ¿Qué tiene que ocurrir para que realmente avancemos hacia una igualdad real y efectiva?

No puedo creer que sea tan difícil.

En psicología, se plantea que para que un cambio sea sostenido implica tres dimensiones: nuestra parte cognitiva (el conocimiento), emocional (la voluntad) y conductual (nuestro comportamiento). Si, aparentemente, hemos acordado cognitiva y emocionalmente que la igualdad es un derecho de justicia social y que el avance de nuestra sociedad no será posible mientras el 50% de la población no pueda aprovechar plenamente sus capacidades e incluso no pueda vivir en libertad y seguridad, no entiendo qué ocurre para que eso no se traslade de manera automática a nuestro comportamiento.

Soy consciente de que se trata de un problema estructural, multifactorial, con grandes dificultades de abordaje, fundamentalmente porque el principal mecanismo discriminatorio se encuentra instalado en nuestras propias mentalidades. Hasta que no asumamos que hombres y mujeres somos herederos de estereotipos, roles de género que pautan como normas sociales lo que debemos y no debemos hacer en función de nuestro sexo, seguirán produciéndose todas las anteriores discriminaciones. Como decía Frida Kahlo: “A veces, tienes que olvidar lo que sientes y recordar lo que mereces”.

Por eso, hemos llegado a un punto en el que resulta ineludible asumir (pero no, de “boquilla”) nuestra responsabilidad individual y colectiva en la construcción de nuestra sociedad y de nuestro futuro y pasar definitivamente a la acción. Traducir nuestros mensajes en comportamientos y conductas reales que de verdad contribuyan a lograr la plena igualdad.

Creo sinceramente que ha acabado el margen razonable para que la igualdad deje de ser una utopía y se convierta en un derecho real.

Citando al filósofo austriaco Ludwing Wittgenstein: “Revolucionario será aquel que pueda revolucionarse a sí mismo”. Seguramente, se trate de esto.

Ya no hay tiempo. Es urgente y necesario pasar a la acción. ¿Te apuntas a revolucionarte y pasar a la acción?

8m-igualdad

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