En los siguientes post, voy a compartir contigo algunos mensajes relacionados con el sentimiento de culpa, la auto-exigencia, el perfeccionismo, el deseo de agradar, etc., recopilados de las enseñanzas de la psicóloga Cristina Viartola, a quien os recomiendo conocer y seguir.

La culpa es un sentimiento que aparece cuando pensamos que hemos hecho o dicho algo que va contra nuestros valores y creencias, que juzgamos como malo o que ha causado algún tipo de daño. También puede surgir por omisión, es decir, cuando creemos que no hemos hecho algo que deberíamos haber realizado.

Existe un componente subjetivo. Nos sentimos culpables no tanto por el hecho en sí, sino fundamentalmente por la interpretación del mismo que hacemos.

La culpa cumple una función adaptativa ya que contribuye a regular el comportamiento social indeseable manteniendo las relaciones personales y, por lo tanto, constituye un elemento de supervivencia. También cuenta con un origen social, ya que fortalece el autocontrol. Además de las normas legales, existe un código moral propio de cada sociedad, cultura y familia que define los comportamientos adecuados y los inaceptables, los “mandatos”, y las consecuencias de su transgresión.

Durante nuestra infancia, vamos interiorizando estos mandatos por medio de nuestra socialización. Esta interiorización, junto a nuestra propia personalidad y experiencias van formando nuestra escala de valores que es la guía nuestras decisiones vitales.

Por otro lado, el estilo de crianza juega un papel fundamental en la instauración del sentimiento de culpa. Cuando los progenitores son poco afectuosos, las criaturas  pueden crecer sintiendo que hicieron algo malo y que por eso, no los aman. Los progenitores culpabilizadores utilizan la culpa como extorsión emocional. Los castigos físicos y las palabras hirientes también desarrollan la culpa en la infancia. Para los/as niños/as, es demasiado doloroso identificar a sus padres como “malos”, por eso se etiquetan erróneamente como culpables. Esta creencia tiene como objetivo también controlar el ambiente y obtener una falta sensación de seguridad, ya que “si me porto bien, si me esfuerzo, me querrán…”. De manera profunda, lo que subyace es el miedo a que la transgresión de las reglas de la familia lleve a la falta de aprobación. Normalmente, las figuras culpabilizadoras suelen haber sido culpabilizadas a su vez.

En otras ocasiones, la culpa se desarrolla en los/as niños/as como consecuencia de las emociones negativas que sienten por alguno de sus progenitores o hacia sus hermanos/as y por las que ellos mismos se penalizan.

Finalmente, los sentimientos de culpa pueden surgir también como consecuencia de haber sufrido sucesos traumáticos. En estos casos, las víctimas se responsabilizan de no haber podido evitar lo ocurrido, generando así una continua autocrítica que mina la autoestima.

A partir de todo lo anterior, podemos generar sentimientos de culpa ante situaciones que nada tienen que ver con la moralidad de nuestros actos, llegando a construir una actitud crónica de culpabilidad.

Como conclusión: la culpa tiene un origen social, cultural y educacional y podemos desarrollar una cierta predisposición a sentir culpa según hayamos construido nuestra personalidad. Sin embargo, existe una gran diferencia entre ser culpable y sentirse culpable.

En el siguiente post, analizaremos la diferencia entre culpa sana y culpa insana (o neurótica) y cómo salir de ella.

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