La autoexigencia es un mecanismo psíquico vinculado con lo que esperamos de nosotros/as mismos/as. Pequeñas dosis sirven para crecer y superarse pero, cuando las expectativas que nos imponemos son demasiado exigentes, la autoexigencia se convierte en un generador de angustia y malestar.

La autoexigencia suele originarse durante la infancia como método para lograr el amor y aprobación de las personas que nos cuidan y que son importantes. De esta forma, comenzamos a autoexigirnos para poder ser aceptados/as y queridos/as y estos mensajes suelen verse reforzados por nuestras experiencias sociales.

Cuando la autoexigencia no es saludable, se ha construido sobre una valoración distorsionada de nuestra identidad en la que sentimos obligación y en el fondo inconsciente de nuestra persona albergamos una sensación de que no valemos por nuestro ser y debemos esforzarnos en: ser perfecto/a, ser fuerte, ser bueno/a, ser eficiente…

Cuando estas exigencias chocan con nuestras auténticas necesidades aparece el sufrimiento.

En este sentido, es importante aceptar que la autoexigencia seguramente nos ha ayudado en muchas ocasiones de nuestra vida. El problema surge cuando solo nos relacionamos con nosotros/as mismos/as desde la obligatoriedad y nuestra convivencia se convierte en una lucha para lograr un yo ideal, en ocasiones inalcanzable.

Para transformar el perfeccionismo en una motivación realista y positiva, es necesario sustituir el patrón destructivo en otro más amable y compasivo con nosotros/as.

Para ello, lo primero que debemos hacer es tomar consciencia de cuándo y de qué manera se activan los pensamientos que nos llevan a la exigencia.

En segundo lugar, es preciso darme cuenta de lo que necesito, aceptar lo que no puedo cambiar y asumir a qué tengo que renunciar. Te pongo algunos ejemplos:

  • Aceptar mis limitaciones y aprovechar mis fortalezas
  • Permitirme pedir ayuda
  • Cuestionar mis plazos
  • Planificar de manera eficaz y realista mis objetivos y proyectos
  • Renunciar a hacer todo perfecto
  • Reservar actividades que me cuiden, me nutran y me ayuden a desconectar
  • Buscar apoyo emocional
  • Renunciar a intentar agradar a todo el mundo

A partir de este punto, es necesario modificar nuestro diálogo interno. ¡Basta ya de darte caña! Atrévete y exígete tratarte con respeto y hablarte con el mismo cariño y compasión que ofreces a otras personas.

Una herramienta sencilla consiste en sustituir los “tengo que” o los “debería” por “voy a” o “elijo o quiero”.

Finalmente, es imprescindible comprometernos con nuestro autocuidado. Es fundamental reservar un espacio para las actividades y las personas que te nutren y te generan energías positivas (bailar, dibujar, leer, ir al monte, estar con tu familia, tus amigos/as,…)

autoexigencia

Se trata de un reto que va a exigir que adquieras un compromiso contigo mismo/a y que seas muy paciente para lograr mantener los cambios en el tiempo. La vida te va a brindar miles de oportunidades para practicar. No dejes de hacerlo. Lo que haces es importante y te define pero tu valor, tu dignidad radica simplemente en el hecho de existir.

Si te ha gustado este artículo, te animo a compartirlo por las redes sociales. Y, si deseas recibir mis actualizaciones por correo electrónico, puedes suscribirte al blog a través de este link.

Eskerrik asko! ¡Gracias por la visita!

LinkedInTwitterGoogle+FacebookPinterestEvernoteEmail