Bilbao Metropoli-30 coordina el Programa de Competencias Transversales para la Profesionalidad, con el liderazgo de bizkaia:talent y la colaboración de la EHU/UPV, la Universidad de Deusto y Mondragon Unibertsitatea. Además de estas organizaciones. También están involucrados Colegios Profesionales y entidades como Ahalbidetu, Ferruelo & Velasco, Innovación y Talento... Dentro de este programa, además de talleres y sesiones de coaching, cada año se organiza una jornada relacionada con alguna temática de tipo social.

En esta ocasión, la charla de acción social ha corrido a cargo de Celia Gómez Póveda, Directora de Salud e Innovación en la Fundación Miranda de Barakaldo, institución que gestiona un centro de atención especializada en Barakaldo.

Celia comenzaba su exposición abordando las distintas imágenes que tenemos de las personas mayores y la heterogeneidad de las mismas. Cuando incluimos el término de “persona mayor” en Google, las imágenes que se nos ofrecen suelen ser de “adolescentes” con el pelo blanco, en actitudes divertidas, con amplias y perfectas sonrisas. Estas imágenes habitualmente poco tienen que ver con las de nuestros abuelos y abuelas o padres y madres mayores.

A continuación, Celia incidía en la idea de que las distintas instituciones deben establecer unos marcos normalmente definidos en función de la edad para delimitar al colectivo de personas mayores susceptibles de ser receptoras de sus programas o servicios. En este caso, la heterogeneidad también es la norma. Por ejemplo, la edad que establece la Diputación Foral de Bizkaia para los Planes de Envejecimiento Activo comienza a partir de los 55 años, mientras que la OMS considera que a partir de los 45 años entramos en la denominada edad presenil que llega hasta los 60 años.

A la vista de lo anterior, surgen otros criterios de definición que en lugar de tomar la edad como límite tienen en cuenta el criterio funcional. De esta manera, podría considerarse la Tercera Edad como aquella en la que existe autonomía para manejar nuestra propia vida e independencia; mientras que la Cuarta Edad implica heteronomía o necesidad de que otras personas tomen decisiones sobre nuestra vida y dependencia para el desarrollo de algunas tareas.

Lo que queda claro es que para definir a una persona como “mayor” los criterios son relativos y la edad no parece ser la variable definitoria o, al menos, no en exclusiva, a la luz de la multiplicidad de casos: ¿puede considerarse, por ejemplo, a Clint Eastwood, aún en activo, una persona mayor? ¿es mayor una persona de 50 años que padece Alzheimer?

La edad no define nada, es la actitud lo que marca la diferencia. De hecho, a medida que crecemos las personas nos vamos diferenciando de los demás cada vez más. Esa diferenciación solo es fruto de una cuestión: vivir. Los acontecimientos y experiencias que vivimos son los que nos van construyendo como personas y los que al mismo tiempo nos van diferenciando de los demás. Sin duda, cada persona es única e irrepetible. Es una combinación absolutamente especial de factores genéticos y ambientales que da lugar a un resultado que en ningún otro lugar del planeta y en ningún otro tiempo pretérito o futuro volverá a darse.

Por ese motivo, las personas nacemos con dignidad. La dignidad es el valor que tenemos por el mero hecho de ser personas, de existir. Independientemente de lo que hagamos y de nuestro estado físico o mental. Sin embargo, a pesar de ser un valor inherente al ser humano, es preciso que sea reconocido por las demás personas.

Si esto es así, si las personas somos portadoras de una dignidad propia de nuestra calidad de ser humano, cuando alguien no me otorga o reconoce ese valor en mí, de alguna manera me arrebata mi característica fundamental de ser persona. Al hilo de esta apreciación, Celia mencionaba muchos ejemplos de situaciones en las que de manera probablemente bien intencionada infantilizamos, sin embargo, a las personas mayores, les arrebatamos su dignidad: cuando nos dirigimos a ellos con diminutivos; cuando hacemos que tomen parte de actividades que no sabemos si les agradan o les disgustan, etc.

Aunque mi cuerpo y mi mente se deterioren, aunque acabe olvidando quién soy, dentro de mi “sigo siendo yo” como reza el lema del Día Internacional del Alzheimer de este año. Por eso, Celia proponía la elaboración de una especie de Decálogo que se construye con las personas o con sus familiares en función de su estado cognitivo, en el que se establecen las cosas que son importantes para esa persona, de manera que quien se relacione con ella sea consciente de que aunque no pueda transmitirlo, esas cuestiones son esenciales para su bienestar: por ejemplo, su imagen o su higiene personal, las formas de cortesía, sus aficiones, etc.

Esta labor de reconocimiento de la dignidad de las personas mayores no corresponde solo a sus familias o a las personas cuidadoras, es una responsabilidad que nos corresponde a todos/as como individuos y como sociedad. No podemos mirar hacia otro lado. Las personas más importantes de nuestra vida y nosotros/as mismos/as, de no fallecer prematuramente, envejeceremos. Decidamos como sociedad, con dignidad y respeto, el lugar que damos al final de nuestros días.

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