Dicen que el verano suele ser la época del año en que las personas que no leen habitualmente, se animan a la lectura.

Yo este verano he leído y disfrutado de unos cuantos libros. En mi caso, no concibo la vida sin uno bajo el brazo. Pero, además, he dedicado tres días a enrolarme en un Taller de Literatura dentro de los Cursos de Verano de EHU/UPV.

Escribir y publicar “Y te reirás de los peces de colores” me ha inoculado el “veneno” de la escritura y no sé si, una vez que se ha clavado el aguijón, existe antídoto.

Este curso en cuestión fue impartido por Luisa Etxenike, escritora consolidada y directora habitual de talleres de escritura creativa. Realmente supuso una experiencia muy gratificante. Mi familia me regaló esos tres bonitos días de vacaciones para disfrutarlos conmigo misma y Donostia me acogió con un tiempo espectacular.

Quisiera retomar la actividad de mi blog, compartiendo contigo algunas de las reflexiones sobre lo que aprendí en esos tres días. Creo que pueden aplicarse a quien se enfrenta al reto de hacer literatura, pero también, en cierta manera, a otros retos.

1. En primer lugar, confieso que mi reacción inicial fue sentirme abrumada ante la avalancha de información. Desmenuzar algunos relatos breves, diseccionar los porqués más íntimos de una palabra y no otra, me colocaron súbitamente ante la parálisis. Fue uno de los momentos vitales, en los que he sentido que la máxima de Socrates: “Sólo sé que no sé nada”, me colocaba ante un precipicio en el que me sentía pequeña, insignificante, atrevida,… La propia Luisa mencionaba palabras que le había escuchado pronunciar al escritor guatemalteco Augusto Monterroso, al ser preguntado por sus objetivos al hablar de literatura: “A ver si la gente aprende algo y escribe menos”…

Efectivamente, pensé que esto me quedaba grande y que, probablemente, leer puede ser una experiencia suficientemente placentera como para complicarme la vida escribiendo…

2. Luisa mencionaba como introducción que escribir significa no conformarse. Significa estar en disposición de hacer el esfuerzo de encarar la oscuridad del andamio que existe detrás de cualquier relato.

La escritura es un proceso. Arduo. El lector se enamora del resultado, el escritor se enamora del proceso. La relación que tengas con el andamio (conformismo o rebeldía), tu capacidad de soportar precisamente el esfuerzo que esto implica es lo que va a distinguir a quien tiene madera para escribir.

Luisa, mencionaba, entre otras, las siguientes citas sobre esta cuestión:

  • “Oscuro el borrador y el verso claro”. (Lope de Vega, poeta y dramaturgo del Siglo de Oro Español)
  • “El camino entre el borrador y la obra se hace de rodillas”. (Vladimir Holan, poeta checo)
  • “Sé la palabra que es, por las 100 que no son” (Marina Tsvetáyeva, poeta rusa)

3.  Al igual que en la vida, a la hora de escribir es necesario tener claro a dónde te diriges, qué pretendes. Como el propio Michel de Montaigne, filósofo y escritor humanista francés del Renacimiento, mencionaba en sus Ensayos: “Ningún viento ayuda, al hombre que navega sin rumbo”. Tampoco a la mujer, añado yo. Si no hay rumbo, no hay relato. Tampoco vida con sentido.

4. Escribir es como utilizar una lengua extranjera. El lenguaje que encontramos en los relatos, es la lengua de todos los días y, sin embargo, NO puede ser la lengua de todos los días. Se trata de las mismas palabras, pero su uso es diferente. Escribir es utilizar de otra manera el mismo lenguaje. Las palabras parecerán otras. El lenguaje literario no es meramente informativo, es connotativo. Realmente es una creación, un arte.

5. A partir de este punto, nos adentramos en aquellos aspectos que hacen que el arduo proceso de escribir, el andamio de Luisa Etxenike, compense, al menos para mí, su esfuerzo. Me refiero a que los relatos implican una transformación. He aprendido a diferenciar los elementos aparentemente dinámicos de una historia, que nos llaman la atención, porque hablan, intervienen o se mueven en la escena, de quien es realmente protagonista. Y la clave para reconocerlos es su transformación. De hecho, los personajes ven lo que ellos ven, viven en su mundo. En algún momento, yo he sentido que parecía que cobraban vida independientemente de mí. Y en su periplo, quien realmente se transforma en tus líneas es el verdadero pilar de tu historia.

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 6. Finalmente, el revulsivo positivo que ha conseguido sacarme de mi sentimiento inicial de insuficiencia, ha sido la capacidad que tiene quien escribe de imaginar. No lo que es, sino lo que puede ser. Los escritores y escritoras son espías de los comportamientos en las relaciones humanas y al escribir historias imponen inevitablemente su subjetividad en el relato.

Cuando escribes eres la dueña/el dueño del destino de tus personajes. Y precisamente lo que te va a gratificar del ingente esfuerzo de escribir, es la libertad embriagadora de hacer lo que quieras. Magia en estado puro.

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