Esta semana las redes sociales y diversos medios de comunicación se han hecho eco de lo acontecido en un centro educativo de Argentina en el que un niño afectado por el síndrome de Asperger ha sido cambiado de aula por la presión de un grupo de madres, quienes se alegran al conocer la noticia.

Hace unos días un grupo de madres decidieron presionar al colegio San Antonio de Padua en el que estaban escolarizados sus hijos de cuarto grado, no enviándolos a clase, hasta que el centro expulsara del aula a un niño con síndrome de Asperger. Ante esta situación, el colegio decidió cambiar al niño de aula, lo cual supuso que algunas madres celebraran la noticia a través de un grupo de Whatsapp, argumentando la necesidad de una educación de calidad, en un contexto de tranquilidad, en el que sus hijos puedan hacer valer sus derechos.

Rosaura Gómez, la tía del menor, compartió la historia en su cuenta de Facebook y la publicación se viralizó.

Me pregunto qué es lo que ha hecho que ese grupo de madres haya considerado que resulta más beneficioso para sus hijos no compartir aula con ese niño.

En primer lugar y sin conocer las supuestas repercusiones concretas a las que aludían estas madres y que para el conjunto del aula pudiera tener la presencia del niño en clase, probablemente lo más adecuado sería comprender lo que significa y qué repercusiones tiene el síndrome de Asperger. Aunque cada individuo con Asperger es diferente, sabemos que se trata de un trastorno del espectro autista, que normalmente no suele afectar al coeficiente intelectual. Habitualmente las dificultades de quienes lo padecen están relacionadas con la coordinación motora y con las habilidades sociales, ya que pueden tener comportamientos inadecuados, les cuesta entender las emociones ajenas y propias, interpretan el lenguaje de forma literal, etc.

Tal como el Presidente de APNABI, Mikel Pulgarín, exponía recientemente, el Asperger no es tanto una enfermedad, como una manera de ser.

Personalmente, tuve la ocasión de conocer recientemente a una madre cuyo hijo padece este síndrome y compartir de primera mano sus experiencias, que me impactaron y que, de hecho aparecen reflejadas en mi novela “Nadie lo hará por ti. El coraje de vivir”. Por eso, conocer esta noticia me ha indignado profundamente.

Sea como fuere, la primera pregunta que me surge es qué tipo de escuela queremos para nuestros hijos e hijas. Además de la transmisión de conocimientos, la escuela es un entorno de aprendizaje para la vida. Eliminar de él lo que resulta “molesto o incómodo” implica tratar de crear un entorno ficticio y además desaprovechar una magnífica oportunidad de aprendizaje sobre cómo gestionar la diversidad. ¿Por qué queremos un aula homogénea cuando la sociedad a la que pertenece no lo es? ¿Cómo puede preparar para los retos de la vida una escuela que aleja de sí todo lo que no forma parte de la homogeneidad?

Personalmente, apuesto por una escuela inclusiva y por una sociedad inclusiva que se responsabilice y trabaje con sistemas y herramientas que permitan la convivencia armoniosa de lo diferente.

Por supuesto, que habrá que garantizar las condiciones en las que todas las personas vean satisfecho su derecho al aprendizaje, pero esto no puede conseguirse, bajo ningún concepto, sacrificando los derechos de una persona que no es culpable de padecer un trastorno.

Todo esto sin hablar de la moralidad y de la ética de estas decisiones y del daño profundo que causan a las víctimas de tales discriminaciones.

Finalmente, entiendo que hay una cuestión subyacente de ilusoria superioridad de quienes piensan que las limitaciones, las enfermedades, las catástrofes, los dramas y los duelos no les afectan. ¿Qué pensarían esas personas si fuera su hijo/a quien padeciera Asperger? ¿Por qué divina casualidad del destino pensamos que estas cosas no nos pueden pasar a nosotros?

Curiosamente las personas que padecen Asperger tienen dificultades para sentir empatía y ponerse en el lugar de otra persona. Quienes se han felicitado porque un niño ha sido expulsado de su clase por ese motivo no han demostrado a sus hijos que cuentan con esa habilidad.

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