En plena pandemia del COVID-19, el pasado mes de junio, fallecía el cantante Pau Donés, líder del grupo Jarabe de Palo, a los 53 años y a consecuencia de un cáncer de colon que finalmente no pudo superar. Se despidió con un lema: vivir es urgente.

Su muerte, como todas las muertes prematuras, deja un sabor aún más amargo si cabe al que de por sí implica un fallecimiento. 

En algún momento, desde que él mismo hiciera pública su enfermedad, tuve la oportunidad de escucharlo en alguna entrevista en la que contagiaba, a pesar del trance vital en el que se encontraba, una enigmática mezcla de realismo y aceptación, junto a una energía y positividad vital inquebrantables

Por eso, la noticia de su muerte, el volver a confrontarnos con la finitud humana, hacen que se tambaleen, por un instante, los mensajes positivos que escuchamos a Donés. A pesar de ello, él mostró una actitud ejemplar en el afrontamiento de su enfermedad y su muerte

¿Qué se encuentra detrás de esa actitud?

  • En primer lugar, la tajante claridad del sentido de vivir. Todos/as hacemos apuestas existenciales y quizá, en ocasiones, buscamos lo esencial en lugares equivocados: el placer, la justicia, la belleza, el dinero, el poder, el sufrimiento… Pero solo son eso: apuestas. Crean el espejismo de darnos el sentido que nos falta. Nos identificamos con ellas para proteger nuestro ser. Sin embargo, esas identificaciones son las que provocan nuestro sufrimiento, nuestros deseos o temores, filias o fobias, apegos o rechazos.
  • En segundo lugar, el desapego. Si utilizáramos una montaña como metáfora de la vida, la ascensión y la cima implicarían ganar y conquistar lo deseado, lo importante para nosotros/as, aquello que reafirma nuestra existencia. Nos apoyamos en nuestras fuerzas y dones, pero tarde o temprano se imponen las fuerzas de la vida. El descenso implica ir perdiendo lentamente lo que teníamos: la juventud, el vigor, los seres queridos, a veces la salud, posesiones y, al final, la propia vida. Desprendimientos, pérdidas, despedidas y adioses, aliviando paulatinamente el peso de la mochila, porque al final todo aquello que tenemos lo perdemos, todo aquello que creemos ser se desvanece. En la fase definitiva, soltamos nuestra propia vida. Curiosamente, comprender esto es un gran tesoro porque, justo cuando nos quedamos en el vació, surge el sentido y, paradójicamente, recuperamos la plenitud. El camino de descenso puede llegar a ser fértil y libre, porque ya nada importa tanto. No necesitamos apostar. Sabemos perfectamente el destino. Estamos más libres, con menos yo. La libertad interior es absolutamente radical: no queda nada, ni nadie a lo que agarrarse.
  • En tercer lugar, aceptar el dolor. A veces, estamos tan enfadados con la muerte, con la enfermedad, con lo negativo que le echamos pulsos a la vida. La no aceptación del inevitable dolor humano implica sufrimiento, pero se trata de un sufrimiento evitable que surge de querer a toda costa que lo desagradable no nos toque, como si fuera posible permanecer a resguardo de la vida.  
  • Por otro lado, la vida puede ser un camino de aprendizaje, de conocimiento, de humildad, de compasión, de comprensión de la propia vida… También existen formas distintas de morir. La propia muerte puede ser un logro más entre otros. Con la muerte, la vida culmina en su última expresión
  • Hacer las paces con el pasado. Cuando la vida declina, la mirada se orienta al pasado y trata de dar sentido a la vida vivida, ponerse en paz con lo que hemos hecho, con lo que dejamos de hacer, con los afectos, con las personas que queremos, con nuestros logros, con nuestras frustraciones, asumir nuestras culpas y compensar si es posible nuestras injusticias y dejar las de los demás en sus manos, alegrarse del bien que hemos hecho… Se trata en suma de tomar con cariño nuestros aciertos y con el mismo cariño nuestros errores. De aceptar con gratitud lo que fue posible, lo que pudimos dar y recibir. Morimos en paz cuando estamos en sintonía con la vida vivida y en paz con todos aquellos que formaron parte de nuestro camino.

Ante la muerte se agudiza el miedo, pero también la valentía. Ya poco tenemos que perder y por fin, somos un poco más libres para deponer la lucha, rendir las armas y dejar caer la máscara del ego. 

  • Por último, los seres humanos vivimos de alquiler. Siempre hemos vivido de alquiler aunque construyamos muestra realidad sobre otros cimientos. Vivimos de alquiler pero abiertos a la esperanza, al asombro, a la alegría, a la vida, porque ahora, vivir es urgente. Vivir es un regalo que dura un tiempo. Donés se hacía eco de la necesidad imperiosa de vivir el presente, que es realmente lo que cuenta. Sin pensar en la muerte, en las cosas que habrían podido ser y no fueron… Viviendo el momento, el ahora. 

Pau Donés fue, sin duda, un ejemplo de filosofía vital y, para muestra, su despedida pública a través de la música que ha sido una de sus pasiones. “Eso que tú me das” es el adiós de un artista que se despide cantando desde una azotea con sus músicos, dando gracias a su hija, a la vida y a quienes le han regalado fuerzas “para seguir remando contra la marea”. Goian Bego. 

manerasdevivir.com

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