El ser humano es vulnerable y limitado en su existencia. Todo lo que cree poseer, incluyendo su propia vida, puede perderlo con la misma velocidad con la que un soplo de viento apaga una vela.

Sin embargo, vivimos invadidos por un deseo de permanencia y de apego desesperado a lo que deseamos. Necesitamos trascendencia. Por ello y, para evitar que el miedo a la pérdida esté siempre presente, incorporamos a nuestra existencia una falsa sensación de control que realmente no existe. Este sesgo, que se presenta más intensamente en culturas individualistas como la nuestra, es lo que en psicología social se denomina «ilusión de invulnerabilidad» y básicamente consiste en que cognitivamente disminuimos la percepción de las probabilidades reales que tenemos de sufrir un acontecimiento negativo.

A pesar de nuestros titánicos esfuerzos por probarnos lo contrario, todo es efímero y en ocasiones la vida se encarga de demostrárnoslo con mayor o menor crudeza. En la ascensión a la cumbre de la vida, no decidimos si las condiciones nos serán favorables o adversas. La seguridad no existe, ni en la naturaleza ni para los seres humanos. Parece más un espejismo, una aspiración ficticia. Vivir es ineludiblemente una aventura arriesgada.

¿Qué ocurre entonces cuando el ser humano se enfrenta a una circunstancia de dolor profundo, de pérdida, de duelo, que le coloca en su verdadera naturaleza vulnerable?

Ante la fragilidad propia de la humanidad, se alza inquebrantable, con igual fuerza, su libertad de elegir. Somos absoluta y trascendentemente libres. Más allá de nuestros condicionamientos internos o externos, nuestras elecciones nos pertenecen y, por consiguiente, somos responsables de nuestras decisiones. No somos libres de decidir los acontecimientos de nuestra vida pero sí libres de decidir nuestra actitud ante ellos.

La capacidad de elegir y el desarrollo de una conducta proactiva precisan, en primer lugar, de capacidad reflexiva, de conocimiento propio y de pensar en lo que pienso. Se trata de ganar en consciencia de mis pensamientos y de lo que ellos provocan en términos de lo que siento y lo que hago. Nos hemos acostumbrado a pensar que nuestras emociones son producto de las cosas que nos suceden, como si hubiera leyes causales que las gobernaran. Sin embargo, nuestra conducta es producto de lo que pensamos y sentimos y las personas tenemos capacidad para gestionar nuestros pensamientos, lo cual ofrece un ámbito de intervención inigualable.

Y también de responsabilidad.

La responsabilidad es una carga pesada. Optar por su antítesis, el victimismo y la queja, ilumina falsamente el mundo desde una nueva dimensión. Si yo no soy responsable de nada de lo que me ocurre, si son las causas externas a mí las que se han confabulado o son las otras personas las que no me entienden, me malinterpretan o no me valoran, el esquema resulta sin duda más que atractivo.

Sin embargo, el victimismo constituye un arma de doble filo. Implica regalar el poder de nuestra vida a otras personas y a las circunstancias. Cuando no eres parte del problema, no puedes ser tampoco parte de la solución. El hecho de eximirte de la responsabilidad te alivia del sentimiento de culpa, pero a cambio hay que pagar el peaje de la falta de control sobre tu propia vida. ¿Qué sale más caro?

La vida no es justa y quien espere justicia lamentablemente terminará sumido en el abismo del resentimiento, de la resignación, de la pasividad, de la frustración… Estamos condicionados, sí, pero no determinados. Es imposible que el mundo se adapte a nuestras expectativas. Quien lo pretenda logrará una armonía inestable. Sólo podemos ajustarnos a nuestra realidad con compasión hacia el pasado y con esperanza en el futuro.

Igualmente, nuestra capacidad de elección tiene un componente ético. Cada día, lo que eliges, lo que piensas y lo que haces es lo que te construye como persona. En la vida, el arnés que necesitas no se encuentra en las cosas materiales sino en tu calidad humana. De ti depende decidir de qué forma vas a responder de acuerdo con tus objetivos y valores. La vida es una magnífica oportunidad de aprendizaje y de realización personal. Las personas podemos aprender y crecer, a pesar de que nos ocurran experiencias dolorosas. El reto está en tratar de aprender y aceptar los desafíos, abandonando el deseo de inmunidad.

De hecho, el grado de satisfacción con la vida o, si se prefiere, la felicidad que no es fugaz surge cuando las personas perseguimos nuestros sueños, cuando actuamos de acuerdo con lo que realmente nos importa, con nuestros motores, con nuestros valores, con lo verdaderamente auténtico y único de nuestro ser, siendo al mismo tiempo conscientes de que el resultado final depende de factores que están más allá de nuestro control.

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Rendirse no es una opción. Atrévete a ser tú y elige ser feliz.

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