En numerosos talleres, cursos, libros de auto-ayuda, terapias y un largo etcétera de formatos se trabaja la construcción de una autoestima saludable. El amor y respeto por nuestra persona es uno de los pilares fundamentales para contar con un alto grado de satisfacción con la vida y para amar a las demás personas. Sin querernos y respetarnos a nosotros/as mismos/as, no existe posibilidad de amar al prójimo. De hecho, no haber sentido que nos querían como necesitábamos, o no haber contado en nuestra infancia con el amor incondicional y el apego necesarios por parte de nuestros seres de referencia, acarrea en ocasiones dificultades a la hora de afrontar los retos de la vida y sobre todo, las relaciones interpersonales.

Por otro lado, también es cierto que los seres humanos necesitamos la valoración positiva de las demás personas. El amor en sus múltiples variantes podría decirse que, detrás de los factores biológicos como el oxígeno, el agua, la comida o el sueño, es una de las necesidades más imperiosas del ser humano. A todos/as nos gustan los halagos, el reconocimiento. Construimos nuestra imagen de nosotros/as mismos/as a través del espejo que nos devuelven los demás de nuestra persona, por eso resulta gratificante y constructivo recibir caricias positivas. En términos del Dr. Eric Berne (1910-1970), médico psiquiatra fundador y creador inicial del Análisis Transaccional, las caricias no se limitan al gesto afectivo que denominamos como tal en el lenguaje común, sino que se refiere a “cualquier estímulo social dirigido de un ser vivo a otro y que reconoce la existencia de este”.

Por este motivo, en términos generales, las personas ideamos mecanismos que nos ayuden a obtener resultados tranquilizadores en cuanto a nuestra imagen, nuestra eficacia, etc. Por eso, solemos justificar nuestros éxitos en causas internas y, sin embargo, achacamos los fracasos a causas externas. Es el eterno “he aprobado”, “me han suspendido”,… pero aplicado a los distintos aspectos de la vida.

Este tipo de estrategias tiene su funcionalidad, porque está comprobado que contribuyen a forjar una imagen positiva de nosotros/as mismos/as, lo cual, repercutirá en la forma en la que nos enfrentaremos a los retos y aventuras de la vida y también, a las relaciones con los demás.

Pero, ¡ojo! cuando esos mecanismos protectores nos impiden ver nuestro lado oscuro, es imposible el aprendizaje y la mejora. En general, las personas con una autoestima saludable son capaces de responsabilizarse de sus errores y aprender de ellos.

Sin embargo, cuando el amor de uno mismo se hace extremo, como todos los extremos, se hace pernicioso y se convierte en arrogancia desmedida y se forjan personalidades vanidosas o narcisistas.

El término narcisismo procede el mito clásico de Narciso, joven que al contemplar su propia imagen reflejada en las aguas de una fuente se enamora de sí mismo; ante lo imposible de su amor, muere de tristeza, transformándose su cuerpo en una hermosa flor: el narciso. El narcisimo consiste, por lo tanto, en un exagerado amor a uno/a mismo/a. Freud describió un narcisismo primario en el recién nacido, que dirige todas sus energías a satisfacer sus necesidades y lograr la supervivencia y el mayor bienestar posible. Sin embargo, a medida que el niño va creciendo evoluciona de ese egoísmo inicial a la consideración paulatina de las personas de su entorno.

Por su parte, la vanidad se define como orgullo de la persona que tiene en un alto concepto sus propios méritos y un afán excesivo de ser admirado y considerado por ellos. Guarda relación, por lo tanto, con la arrogancia, el engreimiento, una percepción exagerada de la soberbia. De acuerdo con la religión cristiana, la vanidad hace que la persona no necesite a Dios. Es considerada uno de los pecados capitales y consiste en una forma de idolatría desmedida por nuestra persona.

Es muy fácil reconocer a estos perfiles y seguro que en alguna ocasión te has encontrado con alguien que cumple con alguno de estos ingredientes que sintetizo a continuación:

  • Grandioso sentido de auto-importancia, exageración de sus logros y capacidades, imagen de éxito, poder, brillantez, excelencia…
  • Falta de empatía
  • Exigencia de admiración excesiva
  • Expectativas irracionales de recibir trato de favor especial o de que se cumplan sus deseos

En mi opinión, poco importa si los argumentos que las personas vanidosas o narcisistas esgrimen en su feroz avidez de saciar su necesidad de admiración, son ciertos o no. La cuestión es que todas ellos pierden valor frente al objetivo oscuro que persiguen: una sed inconmensurable de alabanza, la autocomplacencia, la presuntuosidad, una gran avidez de admiración y estimación. Ese fin, justifica los medios.

vanidad

No me gusta estigmatizar a las personas, poniéndoles etiquetas como “tóxicas”, “difíciles”, etc. (quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra…) Soy más proclive a pensar que no hay personas problemáticas, sino personas con problemas. Lo triste es que pocas veces esas personas serán conscientes de estar volcadas de esa manera sobre sí mismas. En realidad, son personas necesitadas de estima, pero no deja de ser cierto que contamos con una múltiple variedad de estrategias para conseguir la valoración ajena y estas personas a menudo no disciernen a la hora de seleccionar aquellas que no dañen a los demás.

El aforista americano Mason Cooley aseveraba que “La vanidad bien alimentada es benévola, una vanidad hambrienta es déspota” y, a pesar de lo duro de esta reflexión, yo la comparto. Por eso, simplemente, cuidado con los lobos con piel de cordero.

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