¿Quién no se ha visto alguna vez en su vida, enfrentado/a a un reto que se le antoja imponente e inexpugnable como un risco altivo, frío y a la postre, de naturaleza inalcanzable?

Así es. Quien más y quien menos, en algún momento de su trayectoria vital ha experimentado la pequeñez, el temor, la inseguridad, la debilidad y un sinfín de emociones, frente a exigencias que, de manera más o menos inesperada, nos sacan de nuestra zona de confort y nos colocan en una lucha, a veces incluso contra nosotros/as mismos/as.

¡Recientemente mi aita ha conseguido dejar de fumar! Si alguien me pidiera que imagine una circunstancia retadora y una persona que puede experimentar las emociones que he mencionado en el párrafo anterior, pensaría en él.

¿Por qué? Porque él ha sido fumador, añadiría empedernido, desde su juventud y, actualmente, tiene 69 años. Esto supone que sólo hay un minúsculo periodo de su vida (prácticamente, la niñez) en el que mi aita no fue fumador. La aplastante mayoría de su existencia, ha unido a su persona el tabaco, como un hábito y casi como un atributo.

Independientemente de los efectos fisiológicos intrínsecos que una adicción de estas características puede provocar en una persona que trata de desengancharse, me imagino también el peso que, casi como parte de la personalidad, puede ejercer un hábito como este.

A todo ello, en el caso de mi aita, hay que sumarle algunos intentos esporádicos que, en todas las ocasiones hasta ahora, habían acabado en fracaso y frustración. ¿Qué poso de impotencia habrán dejado en él todos esos intentos fallidos?

Desde luego, visualizo su reto como el de luchar contra un Goliat, que además vive dentro de ti. ¿Podría ser más descarnado y hostil?

Sin embargo, hace unos años le diagnosticaron una severa enfermedad respiratoria que, de no abandonar su dependencia, le abocaría inevitablemente, incapaz de que a sus células llegue el oxígeno imprescindible para vivir, a una inmovilidad absoluta y, a la postre, a un desenlace letal.

A pesar de estas extremas circunstancias, su decisión de abandonar el tabaco aún se ha demorado unos pocos años más desde aquella señal de alarma roja.

Recientemente, su organismo le envió un mensaje de atención que, en esta ocasión afortunadamente, ha decidido escuchar. A partir de este momento, los astros se han alineado para orientar a mi aita hacia el elemento más importante: su decisión de dejar de fumar definitivamente.

¿Qué acontecimientos han contribuido a esa decisión?

En primer lugar, el propio aviso de su cuerpo que le enviaba un mensaje claro y rotundo. Pero, de manera especial, me gustaría subrayar otro detonante: a decir de él mismo, ha tenido la inmensa fortuna de encontrarse con un médico especialista que, emocionalmente inteligente, utilizó las palabras justas y exactas para provocar en él una incomodidad. Las metas y los retos surgen de la incomodidad, de la tensión que provoca el desfase existente entre lo que somos o tenemos y lo que deseamos ser, tener o conseguir.

Nadie de su entorno, habíamos conseguido infundir en él esa incomodidad. Fue esa persona, la que provocó un cambio de actitud radical por su parte.

¿Qué cosas le han ayudado en este camino? De las conversaciones que mantengo con él, ha llegado a la conclusión de la importancia de:

  • En primer lugar, el apoyo de su familia, de sus personas queridas
  • En segundo lugar, ¡esta es graciosa!: el precio del tratamiento de choque que le ha recetado su doctora de familia para atenuar los efectos del “mono”. Literalmente, dice que la pasta le “rasca” en el bolsillo y que, ya que se la ha gastado, no puede caer en saco roto.
  • En tercer lugar, está participando en unas sesiones o talleres organizados por Osakidetza, en los que personas que se plantean abandonar el tabaco se reúnen con personal médico para compartir sus experiencias. Se ha dado la circunstancia de que mi aita era el único que en ese foro había avanzado en el camino de la desintoxicación y cada semana le ha tocado ejercer el papel de “alumno aventajado” al que el resto mira con cierta dosis de admiración y envidia. Ayer mismo me contaba que, al cumplir su primer mes de abandono, recibió la ovación espontanea del grupo. Me emociono, todavía ahora, de pensarlo.
  • Finalmente, esta experiencia le está devolviendo gratas e inesperadas sorpresas. La primera es que ha experimentado una mejoría notable de su capacidad respiratoria, dentro de sus circunstancias. Pero, con fuerza y rotundidad, le ha devuelto la confianza y seguridad en sí mismo y en su capacidad de gobernar su vida.

Espero que los apoyos y anclajes que le han servido a mi aita, quizá nos puedan servir a los/as demás a enfrentarnos y superar los escollos que aparezcan en nuestra vida.

miguel-postigo

Zorionak aita! Estoy orgullosísima de ti. Te quiero.

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