La necesidad de agradar o complacer es un mecanismo que surge, cuando en la infancia, llegamos a la conclusión de que mayormente somos merecedores/as de amor en la medida en que hacemos cosas por los/as demás o nos adaptamos a lo que ellos/as quieren.

De esta manera incorporamos creencias erróneas del tipo “tengo que ser muy bueno/a”, “hay que gustar siempre a los demás”, “los/as demás antes que yo”,… lo cual genera enorme sufrimiento porque nos convierte en dependientes de la mirada y la aprobación ajenas.

Cuando somos adultos, el mecanismo de complacer se activa en aquellas situaciones en las que intuimos, consciente o inconscientemente, que expresarnos como deseamos, mostrarnos como somos o hacer algo que queremos, va a implicar un juicio sobre nuestro ser, algún tipo de rechazo u abandono. Este patrón se reconoce por un diálogo interno plagado de “deberías” y en el ámbito emocional, provoca tristeza, ira, ansiedad, culpa, miedo,…

Socialmente, sin embargo, es un comportamiento que se refuerza porque las personas complacientes suelen generar pocos conflictos. Sin embargo, existe una gran diferencia entre ser amable y estar todo el tiempo tratando de agradar a los/as demás. La renuncia a los propios deseos y necesidades suele provocar una baja autoestima y, en el fondo, se encuentra el miedo al rechazo, al abandono, provocado por las terribles consecuencias que imaginamos si “no gustamos”. En los casos más extremos, a la necesidad de complacer se le denomina “síndrome de Wendy”.

Existe una serie de factores que facilitan que la necesidad de aprobación quede instaurada como conducta relacional: los innatos (internos) y los adquiridos (externos). Entre los factores internos, existen una serie de necesidades psicológicas básicas, entre las que se encuentra la de apego, de reconocimiento. El ser humano es un ser social y aprende que existe y se reconoce como ser individual gracias a la interacción con otros/as; por eso muchas de nuestras acciones en la vida van dirigidas a satisfacer esa necesidad de reconocimiento. Esta necesidad es tan poderosa que preferimos interacciones negativas o falsas, antes que la ausencia de ellas (“No hay mayor desprecio, que no hacer aprecio”).

En cuanto a los factores adquiridos o externos, la educación familiar que transmite la cultura social, premia y refuerza, más frecuentemente en las mujeres, pero también en muchos hombres, la conducta de complacer.

En cuanto a algunos ejemplos de cómo se manifiesta esta conducta, se encuentran los siguientes:

  • Cambiar inmediatamente de postura ante una crítica u observación.
  • Sentirse humillado/a u ofendido/a cuando alguien no está de acuerdo con nosotros en algo.
  • Pedir perdón constantemente.
  • Pedir permiso para todo.
  • Solicitar un halago de manera indirecta (¿has leído el informe?, ¿no me notas nada raro?,…)
  • Temor a mostrar aspectos únicos del ser (gustos personales, valores, preferencias…)
  • Evitar la exposición social (hablar en público, mostrar trabajos o proyectos…)

Normalmente, estos patrones se instauran en la infancia y, por tanto, aunque el pasado explica el mecanismo, no justifica el presente, ni tiene por qué seguir condicionándonos en el futuro.

Todas las personas necesitamos la mirada ajena para satisfacer nuestra necesidad de reconocimiento; el peligro del mecanismo de complacer es que nuestra valoración SOLO dependa del reconocimiento de los/as demás.

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Photo by Katerina Radvanska on Unsplash

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